Hay una contradicción tranquila en mí, una que no hace ruido pero nunca desaparece. Me siento bien con la vida que tengo, incluso feliz a ratos largos, de esos que no necesitan explicación. Y aun así, hay una voz persistente que me dice que casi todo lo que he hecho podría haber sido distinto, quizá mejor, quizá más valiente, quizá más mío.
No es arrepentimiento puro, o al menos no del todo. Es más bien una especie de revisión constante, como si mi historia estuviera escrita a lápiz y yo no pudiera evitar imaginarla en tinta, con decisiones cambiadas, caminos que no tomé y palabras que nunca dije. Me pregunto quién sería si pudiera volver atrás, si realmente arreglaría algo o si simplemente cometería errores distintos.
Lo extraño es que, pese a todo eso, no siento que mi vida esté mal. Hay momentos que salvaría sin tocar, personas que no cambiaría por nada, versiones de mí que, con todos sus fallos, hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Quizá esa es la parte más honesta: reconocer que lo que ahora juzgo con dureza fue, en su momento, la única forma que supe de avanzar.
A veces pienso que esa sensación de “lo habría hecho todo diferente” no habla tanto de errores como de conciencia. De haber crecido lo suficiente como para ver alternativas. Y aunque eso incomoda, también significa que no soy la misma persona que tomó esas decisiones. Tal vez no se trata de corregir el pasado, sino de no repetirlo sin pensar.
Si tuviera otra oportunidad, sí, cambiaría muchas cosas. Pero esta es la única que tengo, y dentro de ella también hay margen para hacer algo distinto a partir de ahora. Quizá no es la historia que habría elegido escribir desde cero, pero sigue siendo una que puedo seguir cambiando mientras la vivo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario